martes, 4 de julio de 2017

EL AGAETE DE LOS TOMATEROS Y ALMACENES .

Años cincuenta, Andreita (mi madre) Joséfina y Tinita, en el carro las cajas donde llevaban los tomates, en este caso las sigla AR, Antonio Rodríguez, que plantaba en la Fuente Santa donde tenía el almacén.

El sector del tomate fue fundamental en la economía de Agaete hasta la década de los ochenta del pasado siglo XX, entre otras por la gran necesidad de mano de obra que necesitaba.
La superficie cultivada en la villa fue evolucionando desde las 25 hectáreas de 1938, a las 73 Ha de 1973, no eran muchas en comparación con otros pueblos, pero suficientes para emplear durante la zafra a toda la juventud femenina del pueblo e incluso de las medianías en los almacenes de empaquetado y a muchas familias en el cultivo.
Mujeres de Agaete en un almacén.

El empresario o cosechero local no tenía visión comercial ni de futuro y cada uno montaba su propio almacén de empaquetado, vendiendo el tomate directamente a los exportadores ingleses en las puerta del almacén, que eran los que lo comercializaba en Europa. Siendo un negocio muy rentable por la abundante mano de obra barata y el sistema casi feudal del cultivo que duró hasta los años sesenta del pasado siglo que se reguló. 
Para el cultivo la tierra se dividía en fanegadas, unos 5.503 m2, que se repartían según la capacidad de la familia para cultivar, implicándose todos, hasta los niños que echábamos una mano en la recogida del fruto, distribuir el estiércol o el fertilizante en la acequia cuando se regaba.



Hasta finales de los años cincuenta, principios de los sesenta no existían salarios,  el dueño del terreno ponía todo lo necesario incluida el agua y las familias el trabajo, al final de la zafra se llevaba un porcentaje de las ganancias según tomates exportados, normalmente un 25%, que iban adelantando semanalmente, al final cuadraban las cuentas y si te habían dado más de lo que te correspondía quedabas hipotecado para la siguiente zafra. Además podías quedarte lo que llamaban "tara", tomate no apto para la exportación que las familias empleaban para consumo propio o de los animales, recuerdo el dulce de tomate (mermelada) que hacia mi madre untado en una rebanada de pan, otra de las prebendas era que te dejaban plantar en las orillas verduras para consumo propio o comida para los animales domésticos, cabras, gallinas, conejos, etc.

En Agaete llegaron haber más de una docena de almacenes de empaquetado que dieron trabajo a centenares de mujeres, los más celebres el de los Trujillo, en los bajos de su casa, el de los García, el de los Castillos, actual restaurante "Dedo de Dios", el de los Álamos, restaurante "las Nasas", el de los Manrique, los García, en Las Nieves, el antiguo Cuartel de la Guardia Civil, D. Antonio Rodríguez en la Fuente Santa, etc.
Las Nieves, años treinta del siglo XX, solo habían almacenes e infraviviendas de pescadores.

A finales de los años cincuenta del pasado siglo, tras reivindicaciones, la dictadura legisló un salario mínimo por fanegada para los aparceros y los demás trabajadores del sector, terminándose el sistema feudal que había enriquecido a muchos propietarios, lo que llevó al cierre de todos los pequeños almacenes de Agaete, llevándose el tomate a empaquetar a Galdar.
El agotamiento de los pozos, manantiales y la carestía del agua, fue haciendo que el cultivo del tomate fuese retrocediendo, hasta que a principios de los noventa desaparecieron las últimas hectáreas cultivadas en  lo que hoy es la urbanización "las Candelarias".
Años ochenta del pasado siglo, las Candelarias plantadas de tomates.

El cultivo del tomate marcó a varias generaciones, en especial a las mujeres, nuestras madres y abuelas. Mujeres que no conocieron más colores que el rojo, pinto y verde, los tres colores en que se clasificaban los tomates, que no sabían más reglas que las que se usaban para el tamaño de los tomates, la "P, la 3M, la 2M, la M, la MG y la G", mujeres que no tenía más sonido en sus cabezas que el tac, tac, tac, del martillo para hacer  y cerrar ceretos, en ocasiones en jornadas de 18 horas, con el descanso de un par de horas al medio día para ir a comer, con el capataz machacándolas para que cunda el trabajo y llegue el tomate a tiempo al muelle, con salarios de miseria, en definitiva heroínas de octubre a mayo tiempo de la zafra y el resto del año levantarse a las cinco de la madrugada para subir a Tamadaba en busca de un puñado de leña que vender.
Uno de los entretenimientos de las mujeres mientras trabajaban, normalmente al rededor de una gran mesa, era cantar coplas, muchas traídas de la Aldea y las canciones de moda de la época, cantaban las de un lado y le respondían las del otro.

Anoche me dio las doce empaquetando tomates, está noche me dará conversando con mi amante
Y le contestaban,
Si quieres que te lo diga ven aquí  y te lo diré ese novio que tu tienes son sobras que yo deje....

De la Habana vine navegando en un sartén solo para verte hocico de perigué.
y le contestaban;
En le fondo de mi caja tengo un durazno guardado
para pasártelo por los besos pedazo de demonio.

Cuando las jornadas se alargaban a la madrugada, era el encargado quien instaba a cantar para mantener a la cuadrilla espabilada y evitar los cabezazos dentro del cereto, el hambre se mitigaba echándose un tomate a la boca de vez en cuando a escondidas del encargado, lo que le ocasionó más de un atraganto  a muchas. 
Vaya para todas esas mujeres y hombres mi pequeño homenaje y admiración.











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